Mensaje a Vincent Montgaillard

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15/06/2023

Señor,

He recibido correctamente su correo del 6 de junio de 2023.

Yo pensaba que un periodista que persigue el fin legítimo de informar a sus lectores debía llevar a cabo una investigación de calidad, manteniendo un propósito prudente y sincero, evitando así el uso de opiniones demasiado parciales.

Esta no ha sido vuestra forma de obrar, pues sus múltiples preguntas tienen más el aspecto de un panfleto de copia y pega que el formato de una investigación seria y formal.

Ya que usted investiga sobre nuestro Instituto, ¿por qué no haber empezado consultando nuestra página web? Fácilmente accesible, contiene numerosos archivos de todo tipo desde el año 2008. De haberlo hecho, usted habría podido descubrir la historia de nuestro modesto instituto, su relación con numerosas autoridades romanas desde su origen y el papel que jugaron varios cardenales en su fundación. Allí, usted habría podido encontrar información detallada sobre nuestra realidad eclesiástica y, por tanto, respuestas a muchas de sus preguntas.

Si hubiera consultado nuestros calendarios anuales, difundidos en cada uno de nuestros apostolados, usted habría podido conocer la relación excelente que mantenemos con distintos obispos, especialmente en Francia. Esto incluye naturalmente el presidente de los obispos de Francia, en cuya diócesis tenemos un apostolado encomendado por él mismo.

Usted podría haber descubierto que nuestro instituto acoge cada año a numerosos seminaristas enviados por la Providencia, que abrimos nuevos apostolados cada año en Francia y en todo el mundo por petición de los obispos, y que tenemos la alegría de ordenar cada año varios sacerdotes al servicio de la Santa Iglesia.

Usted podría haber descubierto la formación que damos en el seminario: la enseñanza doctrinal de la escuela de Santo Tomás de Aquino, la formación comunitaria y litúrgica de la escuela de San Benito y el modo de vivir la caridad de la escuela de San Francisco de Sales. Usted podría haber descubierto que el seminario es un lugar de discernimiento, y que no todos perseveran, lo cual no significa que su salida coincida con el acoso y la vejación, o que algunos sean expulsados por razones que sería vergonzoso admitir. Podría haber descubierto además el buen trabajo de los formadores del seminario, trabajo por lo cual que siento una gran admiración, y que compruebo cada vez que vengo a Gricigliano, ya que paso nueve décimas partes del año fuera de casa ren razón de las necesidades del Instituto.

Podría haber descubierto la hermosa vocación de nuestras Hermanas Adoratrices, consagradas a Dios con el fin de orar por los sacerdotes. Ellas reciben con frecuencia la invitación de los obispos para establecer nuevas fundaciones. De ellas admiro su humildad y su oración constante al servicio de la Iglesia.

Habría podido descubrir la realidad misionera de nuestro instituto y la labor apostólica de varios de nuestros sacerdotes en África, especialmente en el Gabón, y nuestros lazos de amistad con las autoridades locales, tanto civiles como eclesiásticas. Habría visto el buen trabajo que realizan en condiciones tan difíciles con los pobres y hambrientos, con los enfermos de lepra y con los huérfanos.

Podría haber visto el trabajo realizado en todo el mundo por nuestros sacerdotes que se ocupan de los más pobres entre los pobres, a los que llegan en sus “voluntariados”, visitando a los enfermos y ancianos como capellanes de hospitales o residencias de ancianos. También, podría haber visto el trabajo que llevan a cabo en las cárceles nuestros sacerdotes, a quienes el obispo ha encomendado la misión de acompañar a los presos.

También habría descubierto el buen trabajo realizado por nuestros sacerdotes con los obispos en oficinas, cancillerías, archivos diocesanos y con las autoridades romanas.

Podría haber visto la gran inversión de nuestros sacerdotes en los colegios que tenemos en dos continentes (África y Europa), colegios en los que, en medio de tantos sacrificios, vemos en la formación de los jóvenes los frutos de la acción de la Gracia, en que hemos tenido recientemente un ejemplo elocuente (Henri d'Anselme, el “héroe de la mochila”).

Habría podido leer, en fin, que acogemos a todos los fieles que Dios nos envía, sea cual sea su pasado y sea cual sea su historia, porque es misión de la Iglesia y de los hombres y mujeres de la Iglesia, acoger a quienes nos son enviados para tratar de guiarlos hacia Dios.

Lamento esta parcialidad en su artículo, del mismo modo que sufro cuando soy testigo de la infidelidad a los compromisos contraídos con el Señor o con el Instituto. Me duele profundamente la falta de honestidad con la Iglesia en servicio de fines personales o políticos.

Me consuela sin embargo ver los hermosos frutos de trabajo de nuestros sacerdotes, a veces debilitados por un mundo necesitado de guía moral, pero mantengo la confianza en la formación que recibieron en el seminario.

Tales son las respuestas que le transmito, indisociables las unas de las otras.

Atentamente,

Mons. Gilles Wach