El Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote es una Sociedad de Vida Apostólica de Derecho Pontificio. Su razón de ser es el honor de Dios y la santificación de los sacerdotes al servicio de la Iglesia y de las almas, para difundir el reinado de Nuestro Señor Jesucristo en todos los ámbitos de la vida humana, en continuidad viva con la tradición católica.
Fe, liturgia y belleza
La Iglesia católica siempre ha reconocido una profunda armonía entre la fe, la liturgia, la vida y el poder de la belleza, que eleva los sentidos del hombre hacia las realidades de lo alto. El Instituto considera la liturgia latina tradicional de 1962 como elemento integral y vivificante de su espiritualidad: es en este marco donde el sacerdote y el fiel encuentran el misterio de Dios. De ello se derivan tres rasgos: un gran cuidado de la liturgia solemne, una fidelidad entera a la doctrina de la Iglesia y al Santo Padre, y la conciencia del papel central de la gracia, y especialmente de la caridad.
Tres patronos, un solo espíritu
La espiritualidad del Instituto se inspira en tres co-patronos que forman una síntesis viva: san Benito, símbolo de la unidad entre fe, cultura, liturgia y vida; santo Tomás de Aquino, faro de la fidelidad a la doctrina de la Iglesia y al papado; y san Francisco de Sales, figura del sacerdote « caballero », animado por un amor siempre creciente hacia quienes sufren, en sus necesidades materiales y espirituales.
El lema fundamental
« Veritatem facientes in Caritate » (Ef 4, 15) — vivir la verdad en la caridad — es el alma del Instituto. San Francisco de Sales, a la vez uno de los más grandes teólogos de su tiempo y el « Doctor de la Caridad », enseñaba: « Cocinad la verdad en la caridad hasta que sepa bien. » Pues « una gota de miel atrae más abejas que un barril de vinagre »: la verdad ofrecida con dulzura caritativa llega a las almas con más seguridad que la polémica. Esta exigencia de verdad amorosa orienta toda la vida y el apostolado de los miembros del Instituto.
Mortificación y caridad
En el Instituto, la caridad no abole la mortificación: una y otra se complementan. Quien quiere amar verdaderamente a Dios y al prójimo debe « mortificar continuamente su propia voluntad ». San Francisco de Sales, gran maestro del amor divino, fue justamente apodado « el más mortificante de los santos »: encarna esta síntesis entre el amor de Dios, la dulzura apostólica y la austeridad personal, una herencia que el Instituto desea perpetuar en sus miembros.
En la continuidad de la Tradición
El Instituto aspira a una perfecta continuidad con la tradición auténtica de la Iglesia, tal como se ha transmitido de generación en generación. Sus fundadores, formados junto al cardenal Giuseppe Siri en Génova y, en Roma, por los representantes de la « gran escuela romana », comprendieron que no se trata de recrear la tradición católica, sino de transmitirla. Su principio es el del Apóstol: « Os transmito lo que yo mismo he recibido » (1 Co 11, 23). Una transmisión viva, no una recreación: un patrimonio recibido, guardado y ofrecido a cada nueva generación.
Arte, música y arquitectura sagrada
Como religión de la Encarnación, el catolicismo celebra la santificación de la materia por Cristo. A través de su rica tradición de música, arte y arquitectura, la Iglesia prolonga en el tiempo esta encarnación redentora: estos tesoros no solo elevan la mente y el corazón al cielo, sino que son también los medios visibles y tangibles por los cuales rendimos a Dios un culto digno de él. El fundador, Monseñor Gilles Wach, compara la Misa con « un diamante precioso » que requiere un engaste bello y digno para revelar todo su valor y esplendor. Hacer visibles los misterios invisibles de la eternidad: tal ha sido siempre, y sigue siendo, el empeño del Instituto.